“¡Nadie da más!”. Y sin embargo, damos más. Damos más políticamente, tejiendo redes y luchando en las urnas (con mayor o menor suerte) por retomar un proyecto de país soberano e inclusivo. Damos más intensivamente, volcándonos una y otra vez a las calles. Damos más en tanto filósofxs, poniendo nuestra pasión en estas humanidades que no cesan de ser bombardeadas en nombre de un Capital anti-humano. Seguimos pensando, aún en tierra arrasada; seguimos escribiendo, aún ante la amenaza del caos afásico. Y sin embargo, nadie da más.
“¡Nadie da más!”. Con esta sentencia seca y hastiada, miramos, impávidxs y doloridxs por sus efectos en nuestras vidas, el fracaso de un nuevo intento del liberalismo vernáculo de implementar su plan económico, que esta vez sí iba a funcionar, porque sin déficit fiscal y sin emisión monetaria para financiar al tesoro, la inflación —que es “siempre y en todos lados un fenómeno monetario”—, no tendría razón de ser. Además, si el precio lo pone la demanda y no los costos de producción, entonces, induciendo a una disminución de la demanda vía enfriamiento del consumo –provocado, ante todo, por la pérdida del poder adquisitivo del salario–, la inflación sería atacada por dos flancos a la vez y finalmente terminaría doblegada. ¿Y qué haríamos con el dólar? “Planchadito, planchadito”, como toda la vida. Con tasas exorbitantes en pesos –superiores con creces a la tasa de devaluación– se favorece un magnífico negocio financiero que, por un lado, incentiva la liquidación de dólares para posicionarse en instrumentos en pesos (desde el prosaico plazo fijo hasta instrumentos más sofisticados como letras o bonos), lo que, por su parte, tiende a fortalecer al peso vía aumento de la demanda. Mientras la ventana de oportunidad permanece abierta, se aprovecha la tasa de interés en pesos –que no es otra cosa que la creación de dinero a partir del dinero– y luego, llegado el momento, se desarman las posiciones en pesos para comprar dólares nuevamente, para fugarlos o esperar hasta la que la ventana de oportunidad vuelva a abrirse y el continuar con el círculo. Este mecanismo, conocido popularmente como “bicicleta financiera” o “carry trade”, tiene como contracara la apreciación de la moneda y, con ello, el aumento de los ingresos de los argentinos medidos en dólares. Una jugada magistral a dos bandas: ¡Qué relajante llegar al free shop y que todo parezca barato!
Mientras tanto, el costo de vivir y producir dentro de las fronteras se encarece en consecuencia y a la gente comienza a faltarle la plata para llegar a fin de mes Nótese, sin embargo, que el “aumento” de los ingresos no responde a un incremento de la productividad sistémica de la economía sino a una intervención directa sobre una variable financiera (el precio del dólar). Y, en verdad, como la salarial también es un ancla del modelo para que el aumento de la demanda no presione sobre la inflación, el dólar barato es aprovechado únicamente por aquel que tiene un excedente y puede gastar en el exterior. Fronteras adentro es verdad que la inflación baja pero al costo de volvernos carísimos en moneda dura. Esto es, combatir la inflación volviendo impagables los bienes y servicios de una economía se parece bastante a tratar la enfermedad matando al enfermo. Entonces, ¿si el método para bajar la inflación implica consumir menos —vale decir: vivir peor—, para qué queríamos bajarla? Se comprende así que las variables económicas deben ser tomadas en términos diferenciales (ingresos contra gastos, por ejemplo) y no como si las variables fueran algo en sí mismo: nadie come números. ¡Pero nada de emitir para pagar aumentos a lxs jubiladxs, a lxs discapacitadxs o a lxs docentes! Porque para un gobierno de extrema derecha no es emisión la moneda creada endógenamente para inflar la rentabilidad de los inversionistas, sino sólo la creada para asistir a lx ciudadanx de a pie Es fácil de advertir la diferencia de naturaleza: una va a la economía real, la otra al sistema financiero. La diferencia no es económica, sino política. Pero el carry trade siempre llega a su fin. Y no es un hecho fortuito, sino parte de su forma esencial. El castillo de naipes jugado contra el futuro se desmorona inevitablemente y ya no hay tasa que haga triunfar la codicia sobre el perfume casino de los verdes crocantes. En Argentina, a su vez, esta dinámica se ve acelerada por el carácter bimonetario de nuestra economía, lo que redunda en que todo el mundo conozca el chiste y termine especulando con el precio de las divisas. “Usted está aquí” dice el meme del eterno retorno de lo nacional a lo colonial, que sería verdaderamente gracioso si no fuera tan trágico y desesperanzador.
Mientras tanto los dólares necesarios para garantizar el retorno de la inversión se vuelven cada vez más escasos y comienza a sonar el eterno Tic-Tac de la patria financiera. Ante la inminencia del desastre, el Estado argentino en lugar de cambiar la política económica elige la capitulación. Vale decir, mientras se escriben estas palabras, Argentina ya no es un país soberano –si entendemos, claro, que la soberanía es indivisible–, pues, por expresa voluntad del Presidente de la Nación y sus Ministros, el Estado argentino se ha transformado de facto en un protectorado financiero gestionado desde la Secretaría del Tesoro de los Estados Unidos de América en Washington DC. Lo dicho: nadie da más. La situación actual es desesperante. Y, sin embargo, damos más. Damos la lucha en las urnas y en la calle. Pensamos y escribimos. La vocación de colonia colisiona contra la tradición emancipadora de nuestro pueblo.
El gobierno de Milei, en esto como en todo, actúa como si las tradiciones populares no existieran. Va borrando con el codo lo que escribe con la mano, como si las catástrofes económico-sociales-políticas ocurrieran porque sí, o más aún, porque las fuerzas conspirativas, otrora (y tantas veces) fenecidas, operasen omnipotentes en contra de un supuesto proyecto que en verdad es un anti-proyecto. Así como reescriben la historia con cantidades incomprobables de años, de fracasos, decadencias y de cualquier slogan marketinero circulante, así también soslayan el escenario cotidiano con ingeniería del caos y posverdad dosificadas. Si en nombre de la posverdad se puede mentir a diestra y siniestra, ¿qué queda para una suerte de perspectiva histórica? El video oficial sobre el 12 de octubre intenta transformar la memoria de la violencia y la sangre de la conquista en una gesta civilizatoria, a Colón en el héroe de la liberación, y al colonialismo en una ofrenda de la fortuna. Una vez más, el mito sacrificial del progreso, la modernización, la civilización, el desarrollo, etc. Una vez más, el estar mal hoy para quizás alguna vez, en otro puñado arbitrario de años y por las inexplicables bondades del dios mercado, estar bien. Una vez más la absurda promesa, típicamente neoliberal, de un bienestar deducido del malestar. Por un lado, es tentador no darle cabida ni entidad a relatos caprichosos que se dan de bruces con la evidencia histórica y el consenso de la comunidad científica. Pero, por otro lado, es la ocasión de poner en serie, o reconectar trans-históricamente, el gesto colonizado y colonizador ante el poder financiero de Estados Unidos, la cesión inaudita de soberanía frente a la gestión Trump-Bessent, con la lucha de los 500 años. No sólo porque revitaliza la disyunción entre ser nación o ser colonia, y entonces pone de manifiesto el rol colonizado (desde afuera) y colonizante (hacia adentro) de una clase dominante (para llamarla de alguna manera y generosamente) que carece de ideas e insiste testaruda con anti-proyectos (en definitiva, autodestructivos y, sin embargo, asumidos fanáticamente por una mágica sensación de que no les afecta o que se van a salvar); sino también porque refleja las contradicciones y sinsentidos de una época que corre el límite de lo indecible, busca el cualquiercosismo o la megalomanía y, encima, se cree original o rebelde, y se piensa ajena a la realidad por ironía o consumo irónico. En este contexto, saltando sobre su sombra, parece que se puede decir cualquier cosa sobre los últimos 500 años, porque se puede saltar la historia, reivindicar posturas pre-jurídicas o reírse y/o festejar la crueldad, mientras el sangrado social se acelera. Entre el ridículo y la provocación, el dejar morir neoliberal no atañe a los dólares, a los bonistas, a los mercados o a la macroeconomía, sino precisamente a todo lo que está dentro, pequeño y vital, capaz de engendrar rebusques, interpelar desde los márgenes y romper las planillas de excel. El malestar crece, y la única reacción oficial consiste en negar, fugar hacia adelante evocando un salvataje, o fingir demencia.
Y sin embargo: nadie da más. A pesar de la convicción del optimismo, en momentos así, hasta las convicciones más profundas parecen tambalear: ¿Sigue siendo nuestra democracia un mecanismo eficaz para resolver los problemas del país? ¿Es admisible que un candidato se presente a elecciones declarando que no cree en la democracia y que su misión es destruir al Estado desde adentro, caracterizándolo como un personaje abominable que trata a sus ciudadanos como un pedófilo a sus víctimas? ¿Puede un Presidente desconocer las leyes del Congreso o condenar a muerte a lxs más vulnerables porque los recursos del Estado no son para ellxs sino para financiar la salida de los inversores financieros? Y estas preguntas nos devuelven otras, más inquietantes aún: ¿Puede un Estado elegir el suicidio? ¿Es parte de la libertad del electorado hacerlo? Y si resultara que sí, que el pueblo se equivoca, que desea incluso su propia destrucción… ¿cómo evitar que lo haga? ¿Sería necesario establecer un código de valores al que lxs candidatxs deban adherir para presentarse —por ejemplo, respetar la pluralidad, comprender la importancia del cuidado de lxs más vulnerables y de la educación, fomentar el respeto a la legalidad vigente (o al menos no hacer abiertamente apología del delito), etc.— esto es: restringir la oferta electoral a lxs candidatxs que se comprometan con una axiología mínima de Estado?
Claro que, inmediatamente, surge el problema de definir cuáles serían esos valores. Se pone en evidencia, entonces, que detrás de los valores del sentido común o la “normalidad” hay relaciones de fuerza y de poder, y que la discusión del valor no se salda encontrando “supra-valores”, sino reconociendo que la vía del valor no acalla el conflicto. Todo lo contrario: la tiranía de los valores no cesa de amenazarnos. El fracaso de exacerbar la “racionalidad” como valor fundamental de la política democrática —o de condenar la irracionalidad como anti-valor— se evidenció ya en la campaña del 2023. Además, y considerado desde la perspectiva del deseo, no hay objeto más deseable que el prohibido. Esto es, intentar restringir el deseo limitando sus objetos no parece hacer otra cosa que potenciar lo que se quiere evitar. Más aún: el deseo no tiene siempre objeto, y sus producciones sociales son justamente lo que se trata de pensar.
Tal es el origen de la pregunta fundamental de la filosofía política: ¿por qué combaten los hombres por su servidumbre como si se tratara de su salvación? Esta frase hace eco con la sentencia “el pueblo nunca se equivoca”. ¿No se equivoca, acaso, cuando elige los grilletes ¡y lo hace en nombre de la libertad!? En un sentido se equivoca, sin duda: apoya las condiciones de su sometimiento. Pero en términos de deseo, de afectos y pasiones, la decisión soberana no es susceptible de verdad o falsedad, de equivocarse o acertar en la prueba del buen camino, el buen sentido, el destino del sabio. Se trata, en democracia, de un pueblo que se da su propio derrotero. No hay ideas adecuadas que lo guíen, sino un entramado de ideas inadecuadas en las que debe encontrar aquellas que convengan con su esencia precaria.
Esto no quiere decir que los seres humanos estemos librados a una lucha a tientas por nuestros pellejos, a una sucesión de ensayos y errores que quizás lleven a nuestra propia aniquilación (suenan los tambores del antropoceno). Es allí donde las humanidades se tornan irremplazables, y el motivo central por el cual deben ser defendidas más allá de la perspectiva gremial. Sólo las humanidades pueden reconstruir y elaborar la memoria del pasado, proveer conocimiento claro e información fidedigna como insumo de las decisiones electorales populares, para evitar repetir los males del pasado. Sólo las humanidades pueden unir los puntos que van de la lucha contra la Universidad Pública y el sistema científico (pero también contra los colectivos feministas, contra la salud pública, y en suma, contra toda manifestación popular) con el video oficial propagandístico del último 12 de octubre, con su elogio a la colonización y sus ínfulas civilizatorias. Porque si el proyecto es colonizador, nos quiere colonizadxs hasta la médula, al punto que su propia invisibilización, la misma que se des-cubre cuando se la muestra como en-cubrimiento, cobra cuerpo y espesor para dejar en ridículo el fatalismo del “no hay alternativa”, una fórmula dogmática tan afín al tecnicismo economicista y tan incómoda y fútil cuando la filosofía y las humanidades la cuestionan. Porque, en última instancia, si el proyecto es colonizador, es un anti-proyecto, y hay un desafío formativo-cultural.
Las humanidades pueden abordar la pregunta por la servidumbre voluntaria también desde la perspectiva de la educación del pueblo. No se trata de un iluminismo mal entendido, según el cual habría que llenar vacíos recipientes desde saberes terminados, de preveer el método para un recto obrar o evitar el error, de marcar un progreso lineal en una senda pre-fijada desde una torre de marfil. Antes bien, todo lo contrario: en tiempos de interpósitas imágenes y simplificaciones tiktokeras, escuchar, observar, interactuar e interpretar el acontecer, el malestar, el “nadie da más”. El tema no es verla o no verla, sino abrazar la complejidad. La tradición filosófica ha lidiado con la complejidad de lo humano desde su cuna, y no ha cesado de enfrascarse en los desafíos del alma y el cuerpo, de la razón y la pasión. Los últimos desarrollos sobre las emociones, las pasiones y la crítica del cuerdismo (que permite hacer visible que el problema no es la salud mental del Presidente, sino su plan de gobierno) están en esa estela y marcan un camino a seguir, planteando ciertos interrogantes. ¿Será que podemos convertir nuestros malestares, nuestro agotamiento, en un acervo de potencia, y en una base para construir un proyecto común? ¿O son estos afectos negativos precisamente aquello que impide que nuestras formas de respuesta y resistencia sean efectivas? La interseccionalidad de las dimensiones del ser humano se entrelazan con la interseccionalidad de las luchas: el espíritu minoritario que debe animar la lucha política sobre la que venimos insistiendo en los últimos editoriales, emerge de ese análisis de las múltiples dimensiones de lo humano. El racismo, la misoginia, el clasismo, el patriarcado y el colonialismo deben ser enfrentados desde un entramado de lxs oprimidxs más poderoso aún. El problema no es el error del pueblo, sino la compleja modulación del vivir mejor en un mundo en crisis.
Y si de vivir mejor se trata, la cuestión de las Humanidades no consiste sólo en una discusión de contenidos y saberes positivos (que, por supuesto, es fundamental). Si fuera sólo eso, el aporte de las humanidades a la educación popular ya sería enorme. Y aún así, hay otro aspecto que quizá sea aún más relevante: la formación en una experiencia que propone otro modo de habitar el tiempo. Formar en Humanidades supone habilitar la apertura de una faz cualitativa del tiempo ausente en la forma de vida que nos propone el capital, esa que nos acerca al límite de ya no dar más. El predominio de los problemas por sobre las soluciones, de las preguntas por sobre las respuestas, de la apertura de posibles inciertos por sobre los atajos hacia el éxito asegurado, del juego de pensamiento por sobre el cálculo utilitarista, habilitan modos de subjetivación atentos a dimensiones de la vida obturadas por la lógica de la aceleración que nos gobierna (y esto más allá de la coyuntura política actual). En lugar de acelerar en todas las curvas, las Humanidades muestran que a veces conviene poner las balizas, estacionar en la banquina y sumergirse en el silencio del paisaje o de una buena lectura. Fomentan, en suma, una experiencia atenta a la vida antes que a su monetización (claro que, justamente por eso, este aspecto es más difícil de registrar en un excel). En la demora del pensamiento late otro tiempo: uno en el que, entre otras plantas raras, pueden también germinar nuevas modulaciones de la imaginación política.
Esta revista, estas páginas se proponen desde hace diez años ser vehículo de difusión de ese pensamiento situado y orientado a problemas concretos de nuestra realidad. Pero nosotrxs, filósofxs del presente, sabemos que nuestra responsabilidad no sólo consiste en poner a la luz estos largos procesos históricos sino en asumir la tarea infinita de pensar un futuro posible y mejor. “Nadie da más” pero, sin embargo, seguimos pensando y escribiendo, apostando a que, tarde o temprano, la letra se vuelva carne y el pueblo pueda elegir, convocado por otros afectos, que reúnan y potencien en común. Sabemos, quienes integramos este colectivo editorial, que eso es posible y replicable. Ideas, revista de filosofía moderna y contemporánea aspira, desde sus comienzos, a ser testimonio vivo de esa filosofía práctica.