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 <paragraph index="20" node_type="writer">El lugar de las filósofas en la Tercera República francesa</paragraph>
 <paragraph index="21" node_type="writer">Andrea Sophía Téllez Salazar</paragraph>
 <paragraph index="22" node_type="writer">(UNAM – México)</paragraph>
 <paragraph index="24" node_type="writer">Recibida el 18 de septiembre de 2023 – Aceptada el 25 de octubre de 2023</paragraph>
 <paragraph index="26" node_type="writer">Reseña de Bonnet, Annabelle, La barbe ne fait pas le philosophe. Les femmes et la philosophie en France (1880-1949), París, CNRS Éditions, 2022, 332 pp.</paragraph>
 <paragraph index="29" node_type="writer">Las mujeres han habitado durante mucho tiempo los márgenes de la filosofía. Desde diversos flancos se ha cuestionado su capacidad intelectual y la legitimidad de su presencia en el campo filosófico. A partir de criterios morales o de características atribuidas desde la mirada masculina, se les ha calificado como sujetos meramente sensibles y carentes de razón, con una inteligencia inferior y menos potente que la del hombre. En consecuencia, su participación en la historia de la filosofía ha estado marcada por la controversia, la desigualdad y la exclusión. Annabelle Bonnet da cuenta de ello en La barbe ne fait pas le philosophe, texto publicado en francés en el 2022 en el que estudia el lugar de las mujeres en la filosofía en el marco de la Tercera República francesa (1870-1940). </paragraph>
 <paragraph index="30" node_type="writer">	La autora detecta que, a pesar de que el proyecto de la República proponía igualdad, en términos prácticos, esta última quedaba reservada para un grupo selecto de individuos y reposaba sobre profundas desigualdades de género y de clase. Las dinámicas contradictorias de la República se extendieron hasta las actividades filosóficas y tocaron el ámbito del aprendizaje, la enseñanza y la investigación, lo cual tuvo un impacto importante en la formación filosófica de las mujeres. Bonnet afirma que a partir del estudio de dicho periodo de tiempo es posible ver que la historia de la filosofía es, por un lado, la historia de los conceptos y, por otro, la historia de las prácticas que se gestan en torno a ella. Estas últimas contribuyeron a establecer quién podía acceder a la filosofía y quién no. De ahí que ser un filósofo en la Tercera República se redujera a portar barba, es decir, a ser hombre. </paragraph>
 <paragraph index="31" node_type="writer">	La autora se propone, entonces, “repensar desde el prisma del género nuestra manera de entender los fenómenos sociales y culturales” (p. 15). De esa manera busca profundizar en las estructuras y dinámicas que propiciaron la exclusión de las mujeres en la filosofía y así colocar dentro de la reflexión académica sus trayectorias. Para lograrlo, se sumerge en el estudio de fuentes que desbordan las fronteras de la biblioteca: hay materiales de diversa índole que se encuentran en los márgenes, como anécdotas, comentarios, artículos, prensa, dibujos y fotografías. </paragraph>
 <paragraph index="32" node_type="writer">	Desde la introducción, la autora pretende estimular la reflexión de los lectores mediante preguntas en torno a la presencia de las mujeres en la filosofía antes de pensadoras como Simone Weil y Simone de Beauvoir. Bonnet se pregunta si antes de 1930 las mujeres no tenían interés en la reflexión filosófica y si se interesaron en ella repentinamente. Asimismo, cuestiona los motivos por los que antes de 1930 hay un notable vacío que se llena progresivamente después de dicho año. La respuesta apunta a que, además de la Ley Camille Sée, que prohibió el acceso de las mujeres a la filosofía, había desigualdades sociales e ideologías que transformaban “la opresión en destino” (p. 11) y le otorgaban un rol a la mujer en el que no había cabida para su formación filosófica. </paragraph>
 <paragraph index="33" node_type="writer">	En el capítulo 1, “El aliento de las mujeres. Género, filosofía y emancipación en el siglo XIX”, la autora explica que uno de los mecanismos que restringió el acceso de las mujeres a la filosofía fue su cambio de estatuto a actividad estatal. Durante el siglo XIX su reglamentación estaba en manos del ministro, Victor Cousin, y se organizó en torno a programas oficiales. Cousin sostenía que las mujeres, por naturaleza, eran incapaces de reflexionar y, por lo tanto, la reflexión filosófica era inaccesible para ellas. Así justificaba su exclusión y, a pesar de pronunciar elogios hacia las damas ilustres, aseveraba que sus obras tenían que permanecer en el orden de lo privado y que sólo podían dedicarse abiertamente a las tareas del hogar.  </paragraph>
 <paragraph index="34" node_type="writer">	En el capítulo 2, “La exclusión de las mujeres filósofas en la República”, Bonnet expone que en 1878 surgió un proyecto de ley que cuestionó la posición de Cousin, ya que incluía a las mujeres en la enseñanza pública. Gracias al jurista Camille Sée, la enseñanza secundaria se volvió gratuita, pública, obligatoria y laica para ambos géneros. Sin embargo, surgieron debates en torno a la enseñanza de la filosofía a las jóvenes, debido a que la Tercera República les asignó el rol de madres y esposas de los ciudadanos. Esto implicaba que no tenían igualdad política y que ellas eran el pilar y las guardianas de la familia, unidad base del sistema. Por ende, la estructura de las políticas públicas partía de la diferenciación entre hombres y mujeres, siendo éstas las futuras madres y quedando excluidas de la esfera pública. De ahí que los hombres pudieran estudiar filosofía para lo teórico y lo especulativo y las mujeres para lo práctico y lo moral, con miras a salvaguardar el bienestar del hogar. </paragraph>
 <paragraph index="35" node_type="writer">	Tanto los republicanos laicos como los clérigos coincidían en que la formación de las mujeres en la filosofía no debía tener un carácter profesionalizante, sino que debía estar orientada a la vida familiar. Ambos privilegiaban la educación del infante sobre el deseo de las mujeres de filosofar y de construir una carrera. Así, ellas quedaban fuera debido a un sistema escolar que “preparaba a los espíritus masculinos útiles a la nación” (p. 40). Al no permitirles acceder a la educación filosófica de los hombres, se veían impedidas de volverse filósofas profesionales, ya que no cumplían con los requisitos de acceso al profesorado o al doctorado. </paragraph>
 <paragraph index="36" node_type="writer">	En el capítulo 3, titulado “La era de las medio-filósofas”, la autora explora las consecuencias derivadas de la Ley Camille Sée y reconoce que fueron profundas y duraderas. La exclusión trajo consigo trabas en la carrera académica y profesional de las mujeres interesadas en la filosofía. Si los hombres recibían una educación completa y de calidad, ellas recibían conocimientos precarios, irregulares y con cortes. Bonnet narra la experiencia de Jeanne Ancelet-Hustache, cuya profesora, a pesar de querer enseñarle a sus alumnas con pasión y dedicación, estaba poco relacionada con los conceptos y los autores centrales de la historia de la filosofía. </paragraph>
 <paragraph index="37" node_type="writer">	A pesar del intento de la profesora de Ancelet-Hustache y de otras estrategias, como la creación de manuales de moral y material didáctico por parte de Julie Favre, primera directora de la École normale de Sèvres, la filosofía seguía siendo concebida como una mera guía práctica para orientar a las mujeres, lo cual implicaba que carecieran de un panorama completo de los autores canónicos. Además, la exclusión de la esfera pública fue un obstáculo para que construyeran una carrera filosófica típica y para obtener diplomas y puestos como profesoras funcionarias. En consecuencia, muchas buscaron formación académica paralela a las instituciones, en el espacio privado, como Julia Hasdeu, Jeanne Crouzet-Benaben y Clémence Royer, propiciando así una división entre las que podían costear lecciones privadas o formarse de manera autodidáctica y las que no. </paragraph>
 <paragraph index="38" node_type="writer">	Bonnet describe en el capítulo 4, titulado “Los balbuceos de los años 1900-1914”, los continuos intentos por obtener el derecho a filosofar y trascender la esfera de lo privado. Hacia finales del siglo XIX, hubo continuas reivindicaciones, como debates, apertura de escuelas y prensa femenina. En lo que concierne a los debates, se reconoció que era necesario hacer modificaciones y que las profesoras no habían tenido acceso a una cultura filosófica fuerte. Sin embargo, esos debates no dieron los frutos esperados. Para responder a los deseos de las mujeres de tener bases filosóficas sólidas, se abrieron escuelas privadas, laicas y católicas. Si las primeras tenían el objetivo de “orientar a las alumnas a los estudios clásicos y prepararlas para entrar a la universidad, especialmente a la Sorbona” (p. 99), las segundas impartían la filosofía como una actividad intelectual no profesionalizante que ayudaría a las alumnas a conocer a Dios. En lo referente a la prensa femenina, se trató de un espacio fecundo de intercambios filosóficos entre mujeres en el que compartían lecturas, consejos y preguntas en torno a la filosofía. </paragraph>
 <paragraph index="39" node_type="writer">	Durante ese periodo, en el que el aprendizaje de las mujeres se gestaba “al margen de los lugares de saber usuales” (p. 111), Camille Bos fue la primera mujer francesa en obtener un doctorado en filosofía en el extranjero, en Suiza. Realizó estudios sobre la psicología de la creencia e hizo investigaciones en torno al combate moderno de la igualdad de los sexos. Jeanne Baudry fue la primera mujer agregada en filosofía, ya que, si bien la agregación no estaba prohibida para las mujeres, tampoco había una agregación prevista específicamente para ellas. En la época de preguerra sobresalen otras dos filósofas, Mlle. Rozenberg y Alice Steriad. Rozenberg fue la primera profesora en un liceo de hombres, y la segunda, originaria de Rumania, fue la primera doctora en filosofía en Francia. </paragraph>
 <paragraph index="40" node_type="writer"> 	En el capítulo 5, “La promesa de las bergsonettes”, Bonnet aborda un fenómeno masivo de deseo de filosofar por parte de las mujeres. Si en años pasados habían permanecido activas en los márgenes, hacia 1912 manifestaron un ferviente deseo por tomar el curso de Henri Bergson, primer filósofo francés mediático. Bergson llamó la atención dentro de la filosofía en el contexto de la crisis de la racionalidad, de la estima a la ciencia y al progreso. Su propuesta de renovar el espiritualismo como alternativa a la tradición racionalista fue popular entre los y las jóvenes, pero éstas fueron juzgadas de manera particular.</paragraph>
 <paragraph index="41" node_type="writer">	Frente a la participación de las mujeres en las clases de Bergson, la prensa tuvo reacciones diversas, sobre todo negativas y de corte satírico o humorístico, siempre encaminadas a deslegitimizar su interés en la filosofía. Las burlas llegaron tan lejos que se les asignó el adjetivo de bergsonettes (pequeñas Bergson), término con connotaciones afectivas y estatus disminuido. Bergson discrepaba de dichas opiniones y afirmaba que a sus cursos asistían mujeres tan cultivadas como los hombres. A pesar de ello, consideraba que las mujeres, a excepción de las místicas, no tenían genio creador y carecían de emoción e intuición, cualidades propias del intelecto masculino. Pese a dicho tipo de pensamiento sobre la capacidad creadora de las mujeres, la era Bergson fue un parteaguas en relación al ingreso de estas al espacio público de la filosofía. </paragraph>
 <paragraph index="42" node_type="writer">	Ejemplo de ello es el camino filosófico de Léontine Zanta, el cual es abordado por Bonnet en el capítulo 6, titulado “La gloria de Léontine Zanta”. En 1914 fue la primera mujer francesa doctora en filosofía y la primera filósofa francesa mediática del siglo XX. Desde su infancia mostró una fuerte vocación por el estudio y voluntad de ser pionera. Su padre, quien era profesor, le brindó la oportunidad de tener una educación masculina, por lo que pudo acceder al bachillerato (baccalauréat) y desarrollar un saber filosófico integral. Tanto Gabriel Sáilles, amigo de su padre, como Bergson, a quien conoció en la Sorbona, la alentaron a redactar su tesis de doctorado, cuyo tema fue el lugar de la racionalidad en la religión. </paragraph>
 <paragraph index="43" node_type="writer">	A pesar de su sólida formación académica y del mérito de ser la primera francesa en obtener un doctorado en filosofía en Francia, tuvo que conformarse con puestos menores y pasajeros. Zanta, al igual que muchas filósofas de la época, nunca obtuvo un puesto en la educación superior. Después de haber dado clases en un liceo y de haber trabajado para algunas revistas, se hizo novelista. Bonnet describe que entre los temas que atraviesan sus novelas están el de cómo ser pionera sin perturbar las normas sociales y cómo conciliar la vida intelectual y la vida femenina. La autora menciona que Zanta, quien provenía de una familia católica, se decantó por ese camino hacia el final de su carrera. Apostó por un feminismo católico, que en su época se mostraba dubitativo frente a la emancipación de la mujer. Finalmente, Zanta terminó por renegar de su formación filosófica y se inclinó por la religión, motivo por el cual se pronunció abiertamente contra la emancipación de las mujeres por considerarlo un riesgo para la sociedad.</paragraph>
 <paragraph index="44" node_type="writer">	Si antes de 1918 las mujeres empezaban a entrar en la esfera pública del campo filosófico de manera modesta, el escenario cambió radicalmente con el advenimiento de la guerra, tal como expone Bonnet en el capítulo 7, “El fin de las filósofas de pequeña escala (1918-1924)”. Tanto a nivel social como a nivel universitario hubo cambios profundos que implicaron la desestabilización de las jerarquías de preguerra. Debido a que los hombres fueron enviados a la guerra, las mujeres asumieron tareas que anteriormente estaban reservadas para sus colegas masculinos, como el profesorado público. Bonnet señala que si bien no hubo un “fin de la cultura masculina en filosofía” (p. 216), sí hubo un impacto en la separación de las profesiones por género.  </paragraph>
 <paragraph index="45" node_type="writer">	En el marco del fin de la guerra, las mujeres empezaron a preguntarse qué sería de ellas cuando los hombres volvieran. Por ello, de 1918 a 1924 hubo, no sin trabas, modificaciones importantes. En 1918 el concurso de agregación estaba limitado a los hombres, medida que encontró resistencia y movilización por parte de las estudiantes. El filósofo León Brunschvig apoyó dicha movilización, ya que consideraba que las desigualdades entre hombres y mujeres eran arcaicas y antirrepublicanas. En 1921 León Berard propuso una agregación femenina, lo cual no fue bien recibido. Hasta 1922 las mujeres pudieron participar de manera normal en los concursos de agregación y tomar los mismos cursos que los hombres en la educación secundaria. Finalmente, en 1924 pudieron participar en cualquier agregación y la ley Camille Sée fue considerada como inadecuada. </paragraph>
 <paragraph index="46" node_type="writer">	En el capítulo 8, “En la estela de la filosofía. 1925-1939”, la autora aborda el impacto de dichos cambios. Entre ellos destacan el mejoramiento de las condiciones para las mujeres, como la obtención de mejores posiciones en los concursos de agregación y el incremento del número de doctoras. Un logro notable fue que Francia tuvo en 1930, por primera vez, una dirigente de la Asociación de filosofía, a saber, Suzanne Delorme. En medio de ese contexto, la iglesia seguía poniendo resistencia y oponiéndose a la coeducación de los sexos, a su igualdad y a la educación laica. Aunado a ello, aunque la inclusión de las mujeres iba en aumento, todavía había límites y contradicciones. </paragraph>
 <paragraph index="47" node_type="writer">	Bonnet expone que el campo filosófico seguía siendo profundamente elitista y destaca la ausencia de políticas educativas que tuvieran como objetivo democratizar la educación. A ello se suma que el epicentro de la enseñanza era París, lo cual dificultaba el acceso al alumnado de la periferia. La cuestión salarial tampoco mejoraba para las mujeres, ya que el índice de desempleo era mayor para ellas y eran menos solicitadas que los hombres. Otras dificultades eran el prestigio que había perdido la filosofía después de la guerra en favor de las “ciencias duras” y el auge de otras disciplinas humanísticas. La investigación filosófica también seguía siendo un campo dominado por los hombres, relegando a las mujeres a los márgenes. </paragraph>
 <paragraph index="48" node_type="writer">	El progreso que se había logrado se vio mermado a causa del nazismo, el fascismo y el auge de la extrema derecha. En el capítulo 9, “El tributo de las mujeres filósofas a la bestia inmunda. 1939-1945”, la autora expone cómo dichos regímenes estaban en contra de la existencia de las mujeres filósofas y a favor de la enseñanza católica. El caso de Francia estuvo marcado por el Régimen de Vichy, que se oponía a los progresos legislativos de la Tercera República y estaba en contra del comunismo, de la revolución, de los sindicatos, de la república y del feminismo. Se volvió obligatoria la enseñanza de los quehaceres del hogar para las mujeres y se rechazó rotundamente la igualdad entre hombres y mujeres. </paragraph>
 <paragraph index="49" node_type="writer">	Dentro del régimen, Léontine Zanta fue premiada, ya que no era una mujer subversiva y estaba a favor de los valores católicos. A diferencia de ella, Simone de Beauvoir fue sancionada y excluida de sus labores docentes, y recién en 1945 fue reintegrada a la enseñanza. En ese contexto, Bonnet expone la trayectoria de tres mujeres a las que Jean Wahl califica de filósofas heroínas: Marguerite Buffard-Flavien, Yvonne Picard y Simone Weil, las tres atravesadas por el compromiso político, la militancia y la resistencia. La primera era una filósofa comunista que estaba en contra de las injusticias sociales y a favor de los hombres y mujeres ordinarios. Fue arrestada en 1944 y no pudo escapar. La segunda, también comunista, provenía de una familia acomodada y conservadora. El padre la denunció por su ideología y en 1942 fue arrestada por la policía francesa. Durante su arresto, siguió estudiando la obra de Husserl para preparar su agregación, pero murió en Auschwitz en 1943. La tercera estaba interesada en la investigación y en la vida real y oponía la vida abstracta (la universidad) a la vida real (la de los asalariados). Se posicionó contra la injusticia, la desigualdad y la opresión. Murió en 1943 a causa de tuberculosis. </paragraph>
 <paragraph index="50" node_type="writer">	Bonnet expone en el epílogo el escenario de posguerra. Después del régimen nazi, muchas mujeres tuvieron la posibilidad de acceder a puestos importantes. En ese contexto figura la participación de Dina Dreyfus y Simone de Beauvoir. Dreyfus fue la primera inspectora general de la educación nacional y llevo a cabo una renovación de la enseñanza filosófica. Concebía la filosofía como un ejercicio crítico y apostaba por su democratización. De Beauvoir, autora de El segundo sexo, desestabilizó las estructuras que sostenían la esencia de la mujer, rompiendo así con el pasado filosófico de la Tercera República y con cualquier pensamiento que idealizara el rol de la mujer. De tal manera, operó una renovación de la figura de la mujer intelectual, la cual sale al ámbito de lo público. Tanto una como la otra abrieron posibilidades de un nuevo horizonte filosófico para las mujeres. </paragraph>
 <paragraph index="51" node_type="writer">	La obra de Bonnet es pertinente por varias razones. Una de ellas es que contribuye a visibilizar el trabajo filosófico de una gran cantidad de autoras, ayudando así a subsanar la injusticia epistémica que han sufrido las mujeres durante siglos. Además, abre el panorama más allá de las filósofas conocidas y le ofrece al lector la posibilidad de explorar distintas líneas de investigación a partir del estudio de la obra de las filósofas visibilizadas. Además, muestra detalladamente los mecanismos de exclusión de las mujeres en el contexto francés, pero también invita a repensar el propio contexto y a cuestionar la práctica filosófica y los criterios que se utilizan para incluir o excluir ciertos grupos. </paragraph>
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