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 <paragraph index="9" node_type="writer">Editorial 19</paragraph>
 <paragraph index="12" node_type="writer">La catástrofe está aquí, como fuerza continua e insistente. La Argentina cruje y se desangra. Nuestras vidas y nuestras psiquis se desgarran. Día a día. La patria está en venta y el pueblo sufre constantes bombardeos desde la Casa Rosada. La ciencia, la educación, la cultura y las cooperativas de trabajo son los blancos de los embates gubernamentales que nos tocan directamente en tanto editorxs de esta revista, pero la lista completa es rapsódica: jubilaciones, salud, territorio nacional y recursos naturales, movimientos sociales, derechos de la niñez, dignidad de las minorías, educación sexual integral e interrupción voluntaria del embarazo, las más disímiles áreas de la maquinaria estatal… Ninguna arista de la más desbordante fantasía distópica está fuera del alcance de este cataclismo social y económico que recorre como un espectro los días de este 2024. Mientras aquellxs que aún apoyan al gobierno de La Libertad Avanza se refugian en la más irracional de las esperanzas, nosotrxs, lxs que anticipamos -sobre la base de las más contundentes evidencias de la historia nacional- una multiplicación de las desgracias, nos encontramos, una vez más, ante un desafío teórico y práctico: ¿qué hacer?</paragraph>
 <paragraph index="13" node_type="writer">No queremos repetirnos. Hace ya 18 editoriales que venimos pensando en torno a estas cuestiones. Ideas, revista de filosofía moderna y contemporánea nació al filo de la aciaga presidencia de Mauricio Macri, durante la cual se vislumbraron los primeros relámpagos de esta tempestad. Si bien esos años fueron para nosotros un sinfín de golpes, alarmas, indignaciones y luchas, hoy podemos decir que todavía no habíamos visto nada. Sin embargo, a nivel teórico es difícil no repetirse. Buscamos resistir, pensamos qué hacer, concebimos un Estado orgánico. ¿Qué nuevos elementos de diagnóstico y acción puede traer el actual aceleracionismo de la desgracia?</paragraph>
 <paragraph index="14" node_type="writer">Sin titubear nunca ante las más flagrantes contradicciones, la retórica de un gobierno “libertario” y “anarco-capitalista” recurre insistentemente a “las fuerzas del cielo”. Es decir, plantea un fundamento teológico-político (el cielo) para legitimar un liberalismo extremo. No se trata de resolver esta paradoja sino de pensarla como constitutiva: el funcionamiento de esta pesadilla exige que trabajen juntos un anti-estatalismo feroz, una explotación intensiva del aparato de Estado y un principio de razón trascendente.</paragraph>
 <paragraph index="15" node_type="writer">En efecto, todo lo estatal es malo para el presidente Milei y su cohorte, pero lo estatal está por todos lados. No sólo por lo más evidente: la efectiva toma del Estado por parte de La Libertad Avanza. No sólo por el tradicional Estado “mínimo” que hace eje sobre la maquinaria represiva (en favor, por supuesto, de los intereses del poder económico concentrado) y el resguardo de la propiedad privada (en un sentido restringido: propiedad de bienes materiales y territorios, pero nunca nuestra fuerza de trabajo y nuestros salarios, que no dejan de sernos robados). Donde con mayor claridad se pone en evidencia el carácter estatal de este gobierno es en su ambición por conducir la cultura, la educación, la memoria histórica y la política exterior con fines muy específicos, a los que atribuyen un carácter de verdad absoluta sólo reservado a la revelación que viene del cielo. Destruyen con entusiasmo y esmero, pero también buscan introducir líneas teóricas en la curricula universitaria (desde la escuela austríaca en economía hasta Ayn Rand en filosofía), imponer contenidos en la escuela primaria y secundaria (valores libertarios), legitimar el negacionismo del terrorismo de Estado (hasta prácticamente rozar el afirmacionismo), modular las relaciones carnales con Estados Unidos del menemismo hacia un servilismo degradante (un colonialismo de alta intensidad), infundir un carácter violento en los vínculos interpersonales y multiplicar las pasiones tristes como el estado de ánimo privilegiado (fomentar el agotamiento y la impotencia, a la par del sálvese quien pueda). Los cambios son tan extremos para una sociedad de larga tradición popular, tan brutales, que sólo pueden ser llevados a cabo a través del recurso a la trascendencia. Las fuerzas del cielo no son, así, mera retórica.</paragraph>
 <paragraph index="16" node_type="writer">La violencia, el individualismo, el egoísmo y la crueldad nos caen de arriba hacia abajo, fogoneados por esta gestión a través de recursos gubernamentales y extra-gubernamentales (principalmente, las redes sociales, pero también ciertas ONGs, iglesias evangélicas, medios de comunicación, etc.). Pero el escenario actual no sólo responde a la diabólica mano de Dios. Tampoco eran decididamente colectivas las fuerzas del suelo (que La Garganta Poderosa confrontó con agudeza a las del cielo). La Libertad Avanza se alimenta también desde abajo. Es un espacio político que acogió algo que efectivamente se gestaba en barrios, calles, ciudades y pueblos. Un sentido común producido, es cierto, por las mediaciones antes señaladas, pero también engendrado inmanentemente en el suelo social. Tenemos que admitirlo y trabajar con ello: el desprecio por lo público, la aversión al Estado y el individualismo radical -donde el otro es como mucho un medio para los fines privados de cada yo- no sólo tienen existencia concreta, sino que han hecho nido en muchos -demasiados- corazones. Las hondas tradiciones nacionales que afirmaban el valor intrínseco de lo público, con la educación como estandarte, se encuentran por lo menos severamente debilitadas (aunque no muertas, ya que ese viejo orgullo se siente todavía en las aulas, las ceremonias escolares, los laboratorios, las salas de cine, los escenarios y otros espacios públicos). Tampoco parecen grabados en piedra los valores democráticos que hace un puñado de años parecían ganados para siempre por la sociedad argentina.</paragraph>
 <paragraph index="17" node_type="writer">Hemos perdido el control de la maquinaria estatal. La década ganada está a nuestras espaldas. Tampoco hegemonizamos las fuerzas del suelo. Quienes hacemos esta revista no renunciamos, sin embargo, a nuestras convicciones que nos hacen creer que una buena vida en sociedad es posible y necesaria. Estamos convencidxs de que nadie se salva solx y de que la patria es el otro. Nos encontramos, en consecuencia, y en este nuevo contexto, una vez más con la consigna que lanzó Lenin hace más de cien años y que fue dossier y tapa del número 9 de nuestra Ideas, revista de filosofía moderna y contemporánea: ¿qué hacer?</paragraph>
 <paragraph index="18" node_type="writer">En principio, hay que resistir. Con ese objetivo, una primera tarea es entrelazar las luchas de las diversas opresiones. No queremos ni debemos quedar aisladxs como docentes, o científicxs, o agentes de la cultura, o cooperativistas. Desde esa interseccionalidad, luchas para frenar los diversos embates de esta fuerza destructiva, proteger todo lo que se pueda, luchas por cada vida y cada sentido en peligro. Pero no basta con resistir. Hay que construir. Hay que construir sin Estado, cuando el Estado está gobernado por otros intereses, justo aquellos respecto a los cuales se trata de resistir. La comunidad organizada, afortunadamente, no consiste exclusivamente en el Estado: las fuerzas vivas del suelo se entretejen en diversas tradiciones autonomistas y asamblearias, cooperativistas y piqueteras, aliándose con estructuras de mayor densidad burocrática como los sindicatos. Hay así una lucha a nivel del suelo que debe darse: volver a construir el sentido de lo colectivo y lo público en el creciente desierto del individualismo y lo privado.</paragraph>
 <paragraph index="19" node_type="writer">En editoriales anteriores, hablamos de una “paradójica exterioridad interior” entre el Estado orgánico y las minorías. Hoy, las organizaciones sociales, los movimientos que surgen del suelo y que dan forma a una multiplicidad viviente de articulaciones y reclamos, ya no tienen con el Estado esa tensa y productiva relación entre el adentro y el afuera. Como en la campaña electoral, el Estado libertario sólo sabe gritar en una de esas direcciones. Expulsa con violencia, echa a lxs trabajadorxs y valla sus lugares de trabajo, se regodea con el desalojo mientras desmonta todas las estructuras y programas de contención (llegando así a uno de los puntos más altos de su criminalidad: expulsar a las personas de la propia vida, por ejemplo al descontinuar la entrega de medicación oncológica). Desde estas organizaciones, que hoy se encuentran –por la fuerza– afuera del Estado, brotan las primeras construcciones de sentido en medio del páramo en el que estamos inmersxs. Lo colectivo, lo público, lo diverso, siguen buscando filtrarse por todos los resquicios para construir alternativas y resistencias. </paragraph>
 <paragraph index="20" node_type="writer">Pero no basta con ello. Hace falta volver a ocupar el Estado, que tiene la capacidad de potenciar todas aquellas fuerzas, vigorizarlas, proteger las fragilidades constitutivas de nuestra vida contemporánea. Para que eso sea posible, es necesario, además, recuperar la conducción. La urdimbre de la comunidad organizada no coagulará en un proyecto de país sólo con el espontaneísmo de las fuerzas del suelo. Hace falta una organización política que las articule, las potencie, las acoja como partes vitales de un todo superior, capaz también de entusiasmar y convocar a esas mayorías que hoy perciben con desprecio o desencanto toda forma de comunidad o colectividad. Y aunque nos embriague el ansia por volver a mirar con orgullo a quien lleve la banda presidencial, la experiencia reciente nos señala que la formulación concreta de la pregunta por el qué hacer no puede comenzar recién en esa instancia. La carencia del hacer, la impotencia del obrar, fue uno de los rasgos distintivos de la última gestión de sello nacional y popular en la Argentina. Nuestra comunidad organizada no puede ser desobrada. Por eso es ahora el momento de retomar la pregunta: ¿Qué haríamos si volviéramos a ser gobierno? ¿Qué haríamos si no tuviéramos obstáculos? Porque, lo hemos visto, no alcanza con volver.</paragraph>
 <paragraph index="21" node_type="writer">Vamos a volver, de eso no hay duda. Pero esta vez debe ser con un claro y decidido proyecto. Muchxs compañerxs, muchxs candidatxs a conducir el movimiento popular, están trabajando para construirlo. Mientras tanto, desde la filosofía podemos tratar de pensar, una vez más, el sentido, la orientación de lo estatal. Negativamente: el Estado orgánico, que venimos tratando de pensar en nuestros editoriales, no es una mera maquinaria de represión, propaganda y servilismo a fines colonizantes. Positivamente, el Estado orgánico tiene otro espíritu, otro sentido: crear lazo social, producir el tejido de lo social. Por eso el Estado “mínimo”, el Estado represivo, no es un Estado auténtico: la represión no construye lazo social. El fin prioritario del Estado es la realización de la urdimbre de las fuerzas vivas del pueblo. Su valor social como totalidad orgánica es hacer funcionar al conjunto. Ese valor social poco tiene que ver con el valor económico que pregona el libertarismo. Por eso, en el fondo, al Estado orgánico la cuestión de la generación y/o protección de riqueza individual no le es esencial,  sino accesoria. Sólo creando lazo, sólo tejiendo relaciones, sólo multiplicando los vínculos y los circuitos de retroalimentación entre los distintos espacios del cuerpo social se genera ese valor soberano, con respecto al cual el valor monetario no es sino un derivado, un efecto, un testimonio de su buen funcionamiento. En tanto mera institución, o conjunto de instituciones, él no es un fin en sí mismo.  Pero en él se construyen y potencian las instituciones colectivas, y se contienen las fuerzas del egoísmo disolutivo. </paragraph>
 <paragraph index="22" node_type="writer">No se trata de contemplar el naufragio sino de hacer en él y con él. En estas páginas trazamos una senda: resistir, empezar a reconstruir el tejido colectivo sin Estado, recuperar el Estado y luego transformarlo en el telar colectivo. Lxs políticxs que harán historia deberán llenar de colores y motivos populares estas telas para volver a pisar el camino que transformará nuestra patria en la tierra de la verdadera libertad.</paragraph>
 <paragraph index="24" node_type="writer">Ideas, revista de filosofía moderna y contemporánea</paragraph>
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