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 <paragraph index="4" node_type="writer">“No iremos nunca lo suficientemente rápido en el sentido de la desterritorialización: todavía no han visto nada, proceso irreversible”, Deleuze, G. y Guattari, F., L’anti-Oedipe, Paris, Minuit, 1972, p. 384, yo traduzco.</paragraph>
 <paragraph index="12" node_type="writer">Haciendo visible el Deleuze invisible para los deleuzianos adultizados</paragraph>
 <paragraph index="13" node_type="writer">Julián Ferreyra</paragraph>
 <paragraph index="14" node_type="writer">(Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas – Universidad de Buenos Aires – Argentina)</paragraph>
 <paragraph index="17" node_type="writer">Recibida el 15 de diciembre de 2023 – Aceptada el 26 de febrero de 2024) </paragraph>
 <paragraph index="19" node_type="writer">Reseña de Moscardi, Matías, ¡El gran Deleuze! Para pequeñas máquinas infantes, Buenos Aires, Beatriz Viterbo, 2021, 213 pp.</paragraph>
 <paragraph index="23" node_type="writer">Por las noches les canto a mis hijes dos canciones de María Elena Walsh, y luego arranco con alguna lectura. Una noche, agarré ¡El gran Deleuze! Para pequeñas máquinas infantes. Como muchas veces en la vida (y especialmente en la paternidad) fue una experiencia maravillosa, pero que no tuvo nada que ver con lo que yo esperaba. Por una parte, sobre todo en los primeros capítulos, la relación con la obra de Gilles Deleuze es apenas visible (las excepciones son el índice y algunos términos técnicos que Moscardi escribe en mayúsculas muy divertidas de volcar en voz). Por otra parte (y esta fue la mayor sorpresa) el libro fascinó inmediatamente a mis hijes que, hay que decirlo, tienen una actitud extremadamente hostil con la filosofía. </paragraph>
 <paragraph index="24" node_type="writer">En esas ocho o nueve noches que dedicamos a leer este libro me dejé en principio llevar simplemente por la rutina, sin reflexionar sobre lo que estaba pasando. Cada noche, cantaba “La reina batata”, “El mono liso” o “El perro salchicha” y pasaba a “¿Qué es la filosofía?”, “Las multiplicidades” y “Los rizomas”, con el automatismo de las cadenas sensorio-motrices y el fragor la vida mula. Sólo la vaga sensación de algo distinto, de que, pese a que parecía que El gran Deleuze no era muy distinto de El mago de hoz o Los zapatos voladores, la experiencia no era idéntica. La expectativa del encadenamiento sensorio-motriz era “que se duerman así puedo ir a lavar los platos y cerrar este día”. Y a veces en efecto se dormían, y siempre me iba a lavar los platos. La novedad fue emergiendo en medio de la vida mula: los chicos estaban haciendo preguntas, riéndose, jugando con las propuestas de Moscardi (mi hija, por ejemplo, dibujó un rizoma de colores y le puso de título “Rizoma para adulto niñicizado”)… Estaban, en suma, pensando. Estaban escuchando una versión del mundo que, a pesar de ser en principio muy distinta al relato oficial, se parecía mucho más a su experiencia real. “Un mundo que es el mundo cotidiano, pero visto bajo un hechizo que rompe el hechizo de lo cotidiano […]. Los libros de EL GRAN DELEUZE, en pocas palabras, hablan del mundo que tenemos ante nuestras propias narices. Pero, como sucede con nuestras propias narices, ¡hay que ponerse bizcos para verlas” (p. 17). Un mundo donde los peces y los ovillos de lanas se parecían mucho más a su manera de jugar y pensar que las mochilas y los guardapolvos, las cenas y las duchas, las actividades y los despertares. Donde no había “lluvia” sino gotas de lluvia. Donde nos burlábamos del orden de los “adultos adultizados”. Donde los gatos envolvían a las abuelas en ovillos de lana. Donde la caca hacía máquina con las mascotas y los abrazos eran agenciamientos. Donde las ideas se pescaban y se dejaban volver a caer al mar: “¡Las ideas son como peces! ¡Las ideas son PECIDEAS! […] Pensar y pescar son actividades muy parecidas. […] Pensar requiere de semejante paciencia. La espera es el momento más difícil de todos. Ahí es donde el verdadero pescador y el verdadero pensador se lucen, donde demuestran su perseverancia. […] Las PECIDEAS son, antes que nada, peces que se pescan devolviéndolos al mar” (pp. 26-27). Deleuze hubiera desplegado esa hermosa sonrisa que relucía bajo sus ojos brillantes.</paragraph>
 <paragraph index="25" node_type="writer">Si nos guiamos por el índice, El gran Deleuze parece casi clásico en lo que respecta a los tópicos del filósofo francés (mayormente en su obra junto a Guattari; después de todo, Deleuze es el resultado de “una fusión, como las de Dragon Ball”, con “su mejor amigo” [p. 14]), teniendo en cuenta los títulos de los capítulos: “¿Qué es la filosofía?”, “Las multiplicidades”, “Los rizomas”, “Las máquinas infantes”, “Rostridad”, “Devenir animal”, “Nomadismo”, “Los ritornellos” y “Salto al mundo molecular”. Conceptos que no serían objetables en ninguna introducción a la filosofía de Deleuze, y estarían allí como peces en el agua. Y sin embargo, nada de clásico hay una vez que uno entra en la lectura de cada capítulo.</paragraph>
 <paragraph index="26" node_type="writer">Matías Moscardi no es un “especialista” en Deleuze. Doctor en Letras, escritor, poeta e investigador del CONICET –y por lo tanto de robusta producción académica–, carece prácticamente de trabajos científicos sobre el filósofo francés o sus principales conceptos. Este libro “para niñes” no es, sin duda, parte del corpus de los “estudios deleuzianos”. Y sin embargo, mientras le leía a mis niñes este libro, mi yo académico se disolvía junto al entusiasmo de mis máquinas infantes, y el adulto adultizado en mí se prestaba al juego sin rostro y sin nombre propio que propone Moscardi: “¡Una cara es una cosa muy rara! […] ¿Los tontos adultos adultizados no se la pasan sacándose selfies en Instagram? ¿Acaso Facebook no significa, en inglés, “libro de cara”? ¿No tenemos, cada uno de nosotros, desde que nacemos, un Documento Nacional de Identidad en el que figura nuestro nombre y nuestra cara? […] ¡ROSTRIDAD por todos lados!” (pp. 123, 128). Y justamente por esas páginas, ya bastante avanzado el libro, en torno al concepto de “rostridad” que siempre me había interpelado tirando a poco en la letra de Deleuze y Guattari, mientras mis hijes se mataban de risa cuando el libro señalaba cómo cuando se reta a une niñe muchas veces se usan palabras que remiten a la resistencia  de las “máquinas infantes” a la rostrificación (“Caradura, cararrota, no tenés cara” [p. 128]), se me coló el pensamiento de que había algo que Moscardi había entendido sobre Deleuze mucho mejor que todos los papers, libros, capítulos de libros y ponencias que me ha tocado consumir y producir.</paragraph>
 <paragraph index="27" node_type="writer">Algo, no todo. Obviamente, la repartición adultos adultizados / máquinas infantes no es absoluta, y su axiología necesariamente dudosa y contextual. Hay, para mí, un gran Deleuze para adultos adultizados (una ontología rigurosa que responde a nuestra humana necesidad de dar sentido al mundo, una ontología práctica que permite encarar desafíos políticos, éticos y clínicos de urgente necesidad con herramientas eficaces y sofisticadas), y hay un Deleuze para máquinas infantes que ha hecho mucho daño (dándole nafta y oxígeno a la hoguera del anarco-capitalismo y el aceleracionismo delirante que azota nuestra aldea global, y particularmente a nuestra pobre Argentina; era cierto, nomás que en ese sentido todavía no habíamos visto nada, y también mi intuición de que romantizar y tomar al pie de la letra esa frase de El anti-Edipo era un camino apocalíptico). “Los adultos adultizados son fanáticos del orden” (p. 80), y efectivamente, una dimensión de nuestras existencias requiere orden: tierra, techo y trabajo, sin ir más lejos.</paragraph>
 <paragraph index="28" node_type="writer">Pero hay, también, como muestra Moscardi, un gran Deleuze para máquinas infantes sin el cual el otro, el serio, con rostro, nombre y apellido y citas textuales no podría existir. El gran Deleuze para pequeñas máquinas infantes está lleno de verdades que a veces los deleuzianos de la academia perdemos de vista, aunque estén frente a nuestras narices. Lo intuitivo e inmediato de la caracterización de la multiplicidad como “lluviosidad” es uno de los ejemplos más elocuentes de ello: “¿La lluvia, un sustantivo individual? […] La lluvia no puede ser ni sustantivo, ni mucho menos un sustantivo individual, señoras y señores: ¡la lluvia es un llover lluvioso! […] Para que haya lluvia-lluvia, miles de gotas tienen que caer y algo o alguien tiene que mojarse. […] Un verdadero llover-lluvioso que requiere, por lo menos, de tres elementos: 1) Cientos de miles de gotitas; 2) Un caer que no deje nunca de caer –cuando deja de caer, deja de llover–; 3) Y un salpicar que moje plantas, animales, cosas y personas” (pp. 51-52). Era tan simple, tan obvio, tan cotidiano, el complejo asunto de las multiplicidades.</paragraph>
 <paragraph index="29" node_type="writer">Otra de las virtudes más destacables del libro es la ilación del relato conceptual. Capítulo a capítulo, la historia se va encadenando. El gran Deleuze pasa con naturalidad de la multiplicidad a la inmanencia, de allí a los rizomas, luego a las máquinas, los agenciamientos y los devenires para cerrar con el “mundo molecular”. Veamos el primer paso (de la multiplicidad a la inmanencia): “¿Habrá otras cosas que sean como la lluvia? Un perro, por ejemplo, ¿tendrá también sus propias gotitas y su llover lluvioso? […] ¡El sustantivo individual es una estafa mundial! Analicemos la LLUVIOSIDAD de la abuela. […] Como podemos ver, la abuela-abuela es mucho más que la abuela, la abuela-abuela es una MULTIPLICIDAD. […] Es razonable pensar que nosotras mismas, pequeñas máquinas infantes, tenemos nuestra propia LLUVIOSIDAD: pelos, uñas, dientes, mocos […]. ¡Innumerables gotitas nos hacen ser quienes somos! […] Y si la lluvia es una MULTIPLICIDAD, imagínense lo múltiple que es el mar” (pp. 55-59). Moscardi llega a la inmanencia (repitiendo casi a la letra las últimas palabras de Diferencia y repetición), dando pasos bellos y necesarios. Desarma los universales abstractos para llegar a las haecceidades que componen todo lo que es y que aquellos ocultaban. Lo que está ahí frente a nuestras narices pero no vemos. Para llegar a sentir que nosotros mismos somos multiplicidades, que éstas no son nada abstracto en el vaporoso mundo de las ideas. El niño mismo que escucha es una multiplicidad, y el adulto mismo que lee también. Y, como bien querían Deleuze y Guattari, una vez que nos vivimos como multiplicidades, con la individuación de la lluvia, estamos a un paso de devenir, pues sólo entonces podemos conectar con las heterogeneidades que constituyen lo que somos.</paragraph>
 <paragraph index="30" node_type="writer">Siguiente paso de la fina ilación de Moscardi, de las multiplicidades al rizoma: “Si, como ya sabemos, todas las cosas son multiplicidades lluviosas, entonces es muy fácil deducir que todas esas lluviosidades se encuentran conectadas por invisibles hilos de colores que forman un enorme y enmarañado RIZOMA” (p. 72). El rizoma cobra, además, en el libro de Moscardi, un sentido del que parece carecer en Deleuze y Guattari pero que de alguna manera muestra su cara más significativa. Es lo que “vuelve visibles las invisibilidades” (p. 69). Para hacernos llegar a esta visibilización, el autor propone un juego: enhebrar con ovillos de lana de varios colores cada cosa que encontremos en la casa. “Cuando terminemos, no será necesario saber qué es un RIZOMA porque… ¡lo tendremos ante nuestras propias narices! […] Hemos creado una multiplicidad, un nuevo (des)orden de las cosas” (p. 71).</paragraph>
 <paragraph index="31" node_type="writer">El libro es, además, extremadamente bello. Veamos por ejemplo la presentación en verso de las máquinas:</paragraph>
 <paragraph index="32" node_type="writer">“El sol es una máquina de hacer calor.</paragraph>
 <paragraph index="33" node_type="writer">Las flores son máquinas de polen para las abejas.</paragraph>
 <paragraph index="34" node_type="writer">Las abejas son máquinas de hacer miel.</paragraph>
 <paragraph index="35" node_type="writer">Los árboles son máquinas de oxígeno.</paragraph>
 <paragraph index="36" node_type="writer">El mar es una máquina de olas.</paragraph>
 <paragraph index="37" node_type="writer">[…]</paragraph>
 <paragraph index="38" node_type="writer">La boca y los dientes son una máquina de triturar</paragraph>
 <paragraph index="39" node_type="writer">pero también de hacer palabras.</paragraph>
 <paragraph index="40" node_type="writer">Las manos son máquinas de agarrar,</paragraph>
 <paragraph index="41" node_type="writer">máquinas de escribir,</paragraph>
 <paragraph index="42" node_type="writer">máquinas de acariciar,</paragraph>
 <paragraph index="43" node_type="writer">máquinas de hacer sombras en la pared.</paragraph>
 <paragraph index="44" node_type="writer">El pelo es una máquina de enredarse.</paragraph>
 <paragraph index="45" node_type="writer">[…]</paragraph>
 <paragraph index="46" node_type="writer">Máquinas por aquí, máquinas por allá… ¡Máquinas por doquier!” (pp. 108-109).</paragraph>
 <paragraph index="47" node_type="writer">Y a partir del concepto de máquina llega Moscardi a “agenciamiento”. Las máquinas se conectan y van formando los agenciamientos que somos. El libro propone elocuentes y entretenidos ejemplos que hacen accesible este concepto huidizo: formamos agenciamientos con la cama cuando nos vamos a dormir; con el grifo, el agua y el jabón cuando nos bañamos; con las ruedas, rayos y frenos cuando andamos en bicicleta; con la harina y los huevos cuando hacemos una torta con la abuela. Cerremos esta reseña con uno de los pasajes más bellos, que revela lo que somos, y en estos tiempos libertarios muchos parecen haber olvidado: humanos conectados, seres que no tienen ningún sentido cuando se los piensa como individuos solos y aislados: “Nos conectamos cuando damos besos, cuando estamos pensando en alguien estamos conectados. El humor y la risa son un cablecito que nos une a otras personas que se ríen de lo mismo. Nos conectamos con el piso cuando caminamos en patas y a nuestros zapatos cuando vamos calzados. […] Abrazados estamos conectados: el abrazo y los besos son los AGENCIAMIENTOS AMOROSOS más hermosos” (p. 115). La subjetividad cínica que se está poniendo de moda y la crueldad que se está naturalizando hacen que el siglo contradiga la predicción de Foucault y esté resultando muy poco deleuziano. Obras como la de Moscardi, con su pedagogía para “niñes”, dejan sin embargo espacio para la esperanza.</paragraph>
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