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				<journal-title>Ideas. Revista de filosofía moderna y contemporáneaa</journal-title>
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				<publisher-name>RAGIF Ediciones</publisher-name>
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		<p>Hace diez años, cuando lanzamos el primer número de <italic>Ideas, revista de filosofía moderna y contemporánea</italic>, nos definimos en nuestro editorial como la generación que presenció “el auge de la desesperanza de la crisis del milenio (...) y el milagro de la <italic>financiación</italic> del pensamiento filosófico por el CONICET y la jerarquización de la actividad docente”. Hoy, aquel “milagro de la financiación” que nos permitió dedicarnos a lo que nos apasiona (el trabajo filosófico con las ideas) se nos revela precisamente como eso, una prodigiosa excepción que asomó entre dos desesperanzas: la de 2001, con el estallido social ante el agotamiento político del modelo neoliberal, y la que se anuncia en el actual rumbo político-económico del país, tras el tercer retorno de un neoliberalismo cada vez más crudo, cada vez más cruel, y que pretende enquistarse ―quizá como nunca antes― en almas ya no sólo estalladas, sino también implosionadas.</p>
		<p>En este panorama, la reunión de la cual emerge este editorial nos encuentra hablando de un afecto compartido: la <italic>esperanza</italic>. “Lo que exigen los tiempos es ir en busca de una ilusión sencilla (aunque imposible) y caminar con confianza hacia adelante mirando hacia atrás”, decíamos en nuestro editorial anterior. Hoy parece imperar la sensación colectiva de que tener esperanza es crecientemente difícil. Spinoza define la esperanza como una alegría inconstante, nacida de nuestra ignorancia de la efectividad de las cosas pasadas o futuras, y advertía que su reverso inseparable es el miedo, es decir, la tristeza inconstante ante esa misma ignorancia. Pero lo que parece condensar y arremolinar nuestra ignorancia por entero es el presente mismo. Es tal el nivel de deterioro material y simbólico, es tal la incertidumbre ante un presente caótico, que la posibilidad de esperar otra cosa se nubla, y <italic>la espera de que esto continúe</italic> se torna directamente insoportable. Si nuestro andar se ve perturbado ante este presente donde “adelante” parece desdibujarse a cada paso, la confianza se deteriora. ¿Qué esperar cuando no se vislumbra ni lo nuevo que vendrá ni la fuerza del presente que pueda estabilizar el caos en curso? ¿Qué línea seguir cuando el “atrás” se va convirtiendo en un pasado remoto y perdido, del cual parece ingenuo querer rescatar puntos de referencia para retomar la marcha? Vuelve una vez más la pregunta cuyo asedio motivó ya otros editoriales y hasta un dossier de esta revista: <italic>¿Qué hacer?</italic> ¿Cómo proyectar? La actividad de pensar y crear nunca es fácil pero, desde una tesitura de desesperanza generalizada, amenaza con ser imposible.</p>
		<p>Sería errado, sin embargo, afirmar que esta sensación define todo el abanico de las expectativas. No podemos negar que la ultraderecha ha conseguido crear su propia <italic>épica</italic>, capaz de convencer, de entusiasmar y <italic>esperanzar</italic> a un gran porcentaje de la población. Según encuestas recientes, “esperanza” es un término que surge repetidamente entre quienes declaran apoyar al gobierno de Javier Milei en Argentina. El relato oficial alimenta estas pasiones desde el entusiasmo con el que transmite, en un juego constante con la posverdad, sus dudosas cifras y estadísticas sobre la desinflación, la reducción de la pobreza y el nuevo ciclo de endeudamiento externo, instalando un discurso de racionalidad macro-económica que oculta la evidencia de los efectos nefastos que la receta neoliberal provoca en el tejido social. Sería fácil consolarnos diciendo simplemente que hay gente que, con tal de tener esperanza, está dispuesta a aferrarse a cualquier cosa. La épica de esta promesa se apoya exclusivamente en la destrucción: destrucción del Estado, más precisamente de sus estructuras y vectores que protegían y mejoraban las condiciones materiales de vida; destrucción de los lazos sociales, destrucción de los recursos naturales, destrucción de los consensos que desde la vuelta de la democracia creíamos un <italic>factum</italic> que ya no sería puesto en tela de juicio. De más está decirlo, sigue sin ser palpable que todas estas destrucciones, cuya sinécdoque última es la imagen de la motosierra, hayan tenido algún impacto en aquello que se suponía que la épica ultraderechista venía a destruir: “la casta”, como denominación de los grupos concentrados de poder, fuente de corrupción y de empobrecimiento popular.</p>
		<p>Curiosamente, o no tanto, la esperanza promovida por esta épica destructiva se construye sobre referencias temporales siempre lejanas: o bien el pasado dorado e históricamente falso de la “Argentina potencia” a comienzos del siglo XX, <italic>memoria hostil de un tiempo de paz sin paz</italic>; o bien el futuro distante de los “veinte, treinta o cuarenta y cinco años” que deberíamos esperar para que la receta libertaria nos convierta “nuevamente” en una potencia primermundista y las vaquitas dejen de ser ajenas. Aceleración existencial mediante, veinte años y un siglo se nos antojan hoy igualmente lejanos. La esperanza de la ultraderecha sólo se sostiene por esa lejanía en espejo respecto de un presente horroroso de crisis e incertidumbre; como si la única disposición tolerable, la única heroicidad posible, fuera sobrevivir al presente manteniendo la vista fija en fotogramas que ondean a la distancia. Distintas parecen haber sido la épica y la esperanza construidas por los proyectos nacional-populares de nuestro país. No porque prescindieran de referencias al pasado o al futuro (¿qué proyecto político podría hacerlo?), sino porque, a diferencia de la épica libertaria, se anclaban más fuertemente en una cierta fe en el presente: la creencia de que lo que somos <italic>hoy</italic>, individual y colectivamente, tiene la potencia necesaria para torcer el destino y mejorar nuestra vida.</p>
		<p>De uno u otro modo, entonces, todo proyecto político trabaja con el vínculo profundo que modula la esperanza en sintonía con la memoria, acaso simétrico con el que existe entre la desesperación y la impotencia de traer al recuerdo una vida que valga la pena ser vivida; lo cual nos obliga a volver a discutir filosóficamente la cuestión del <italic>tiempo</italic>. Si la imagen tradicional de la línea recta del progreso está caduca, tanto a nivel del individuo como de la especie y la comunidad, tal vez se deba a que nunca fue ontológicamente sostenible, por muy políticamente funcional que resultara al inmenso proyecto de la modernidad (volveremos luego sobre esto). Sin embargo, la dimensión lineal del tiempo aún subyace, incluso estallada en mil pedazos o, más bien, precisamente en tanto que estallada, sosteniendo la hiper-fragmentariedad en las formas de subjetivación actuales. En un mundo de sensibilidades desquiciadas por el permanente bombardeo de átomos centelleantes de información discontinua, el caos no es sólo material y económico; es también -acaso principalmente- de <italic>sentido</italic>. El tecnocapitalismo produce verdaderos trastornos de la sensibilidad, bloqueando la posibilidad de recuperar, de otra manera y para nosotres, el tiempo y la memoria. Y junto con ello, la producción de ideas filosóficas capaces de sustentar modos de existencia viables y potenciadores para las grandes mayorías.</p>
		<p>La subjetividad hegemónica se referencia en el éxito monetario como única garantía de felicidad y valía personal, y complementa la búsqueda de ese éxito con la idea de un camino que debe abrirse individualmente, a expensas de toda forma de regulación, de estructura, de burocracia, y en general, de <italic>coexistencia comunitaria</italic>. Para esta forma de subjetividad, el Estado y el ser-en-común simbolizan la fuente de todos los obstáculos para el libre desarrollo de su capacidad de autoafirmación (exceptuando algunos contados casos, que ven en el Estado únicamente el medio de proteger su porción leonina de propiedad privada o sus oportunidades de negocios mediante ventajas impositivas u otras prebendas). Una forma de subjetividad decididamente patriarcal que ve, en todo aquello que invoque explícita o implícitamente una política del cuidado, un síntoma de debilidad, de “desviación” o enfermedad del tejido social. Para ella, el Estado-nación es el pasado que debe ser definitivamente demolido; y el futuro, la senda señalada por la raza despiadada de los grandes detentores de capital. Un futuro de guerra justa entre sujetos abiertos sobre un campo de necesidades infinitas (generadas, por cierto, por el avance de ese mismo capital) y recursos finitos (cada vez más escasos por la aceleración del ritmo de su explotación desmesurada).</p>
		<p>Curiosamente, la crisis de sentido promovida por la subjetivación tecnocapitalista va acompañada por la exigencia permanente de encontrar el sentido productivo de todos y cada uno de nuestros actos: hay que producir, capitalizar, invertir, apostar, monetizar, ser visibles y darlo todo, siempre, en el trabajo y también en el ocio. Con la mayor parte del Estado cercenada por la motosierra, no hay resguardo institucional contra ese viento de acero. La híper-fragmentación de la experiencia temporal y la auto-sobre-explotación de cada une por sí y para sí hacen peligrar también el resguardo comunitario. Receta perfecta para la disgregación del tejido social: <italic>no estoy solo, puedo salir a comprar</italic>. La implosión de las estructuras institucionales y comunitarias corre en paralelo con el resurgimiento de un estado de naturaleza compartimentado, desalmado y fugaz, en el que <italic>se rompe la continuidad y la organicidad de las trayectorias vitales</italic>, tanto individuales como colectivas.</p>
		<p>Por eso, como decíamos, hay que volver a pensar filosóficamente el tiempo y la memoria. El tiempo no es, para nosotres, la línea recta del progreso. Tampoco el círculo del eterno retorno de lo mismo, que acoge armónicamente, en cada nuevo ciclo, las partes en el todo. La hipótesis de un tiempo <italic>diferencial</italic>, que avanza repitiéndose, pero que sólo se repite dislocándose y disfrazándose, cobra fuerza. “Caminar hacia adelante mirando hacia atrás” implica postular que el futuro, aquello que aún no es, no es una mera repetición del pasado, sino una promesa disruptiva que anida en él; y que el pasado, <italic>en sí mismo</italic>, no es sino el reservorio de potencias no realizadas que laten en el presente. El pasado se vuelve entonces un acervo de potencias envueltas que insisten en los proyectos diezmados, en las innumerables luchas de emancipación derrotadas. Más allá del pasado que fue y que ya no es, se trata del pasado que persiste como una fuerza espectral, en tono sepia, y de la cual una auténtica creación política no puede prescindir. Es este pasado el que late en todo impulso transformador del presente, en todo proyecto revolucionario, forzándonos a tejer un imposible lazo de imitación con aquél que no fue, que <italic>puede</italic>, o más aún, que <italic>debe</italic> ser realizado.</p>
		<p>No se trata de idealizar el pasado: los mundos que queremos construir <italic>no</italic> están en el pasado. Tampoco de romantizar la memoria: sabemos que la memoria también es del horror. Si apostamos a pensar otro tiempo y otro vínculo con la memoria es porque <italic>no queremos ser más esta humanidad</italic>. Rechazamos reducir la vivencia del tiempo a una línea recta y, también, a la figura cerrada y prístina del círculo. Pero atención: no todo círculo invoca el eterno retorno de lo mismo. El tiempo circular no vive solamente en el capítulo griego de los manuales de filosofía, es también el tiempo de muchos pueblos de Nuestramérica, para quienes pasado, presente y futuro se cruzan y se interpenetran de otro modo, haciendo que los adverbios de lugar bailen en nuestras preguntas: ¿el pasado está atrás de nosotres, está adelante, está <italic>encima</italic>…? Nos <italic>esperanzamos</italic>: la figura del círculo, ¿nos permitirá restituir la continuidad erosionada por el bombardeo tecnocapitalista de átomos de tiempo? Dos imágenes del movimiento argentino de Memoria, Verdad y Justicia que nos permiten esbozar esta otra idea del tiempo. Uno: la ronda de las Madres, que marchan no en línea recta sino en círculo, modificando el tiempo y el espacio a su alrededor, creando un foco de convergencia para resistir y denunciar el horror, para encontrarse con les otres y para crear lo nuevo. En la ronda, es posible caminar a la vez hacia adelante y mirando hacia atrás, porque el atrás también queda adelante. En la ronda, el atrás no se convierte en un pasado perdido, el adelante no se desdibuja a cada paso, porque a cada paso ambos se revisitan y recrean. Dos: una frase de Roberto Mijalchuk, tío del nieto recuperado 130: “un desaparecido es un muerto que vuelve todos los días”. La circularidad de la memoria no es estática, no gira siempre en la misma dirección, no respeta las fronteras del amor y del horror, de lo mismo y de lo diferente. Entre los pasos que dan vueltas a la Pirámide de Mayo, abriendo el tiempo, están también los pasos de nuestros muertos que no paran de volver.</p>
		<p>En editoriales anteriores, hemos insistido una y otra vez en la necesidad de pensar y formular la arquitectura filosófica de un <italic>Estado orgánico</italic> capaz de articular y proteger los vínculos con las minorías que afloran y devienen junto a él en el campo social. Este proyecto choca de frente contra los modos de subjetivación individualistas y abiertamente hostiles ante la organización colectiva. ¿Qué hacer, por ejemplo, frente a les trabajadores precarizades que <italic>no quieren</italic> ser protegides, que perciben en toda consigna comunitaria un obstáculo a su esfuerzo? ¿Dónde buscar puntos que fomenten la potencia de la articulación comunitaria, cuando la épica hegemónica ensalza una forma de subjetividad que cree potenciarse más cuanto más se abandone el vínculo político con les otres? ¿Qué recuperar del pasado en sepia que late hoy, confusamente, en nosotres? ¿Cómo recuperarlo para protegernos y articularnos, incluso con quienes no quieren ser protegides? ¿Cómo comunicar con esa dimensión insondable que es el querer de les otres?</p>
		<p>Ante esta dificultad, el Estado orgánico, en su rol esencial de escucha capilar y articulación de las minorías (impensable, como desarrollamos en el editorial 14, por fuera de su tensión constitutiva con la construcción de poder de las mayorías), se ve en un <italic>impasse</italic> a la hora de idear maneras de consolidarse. Sobre todo cuando quienes queremos pensarlo, formular su concepto, nos encontramos en una tesitura de desesperanza. La dificultad de encontrar puntos de anclaje fructíferos para tejer una nueva continuidad entre presente, pasado y futuro, ¿no está dada precisamente por eso? ¿Por lo difícil que está el presente, cuando aquelles a quienes se trata de escuchar se resisten a comunicarse, cuando se nos dificulta comunicarnos, incluso, entre quienes estamos ávides de hacerlo?</p>
		<p>En un contexto de desesperanza y ante la falta de consolidación de una macro-resistencia que invierta la relación de fuerzas actual, es preciso hacer énfasis en la construcción de lo <italic>micro</italic>. Lo micro no es sinónimo de lo fragmentario ni de lo discontinuo, sino todo lo contrario. El análisis de nuestras cotidianidades concretas revela infinitas posibilidades: micro-resistencias de articulación, micro-erotismos que invisten de sentido lo roto, micro-gestualidades de la amistad, micro-demoras de atención hacia les otres más inmediates. Focalizar estas pequeñas prácticas es una táctica para amplificar nuestra capacidad de acción y nuestras perspectivas de construcción comunitaria. Lo micro no es atomización, es entrelazamiento, es teje que sutura la discontinuidad delirante. El Estado orgánico que queremos pensar y realizar supone, como contrapartida necesaria, una comunidad comprometida con el cuidado mutuo entre sus miembros, piel a piel y mano a mano.</p>
		<p>El proyecto de esta revista nació hace diez años como un espacio para contribuir a la formación de una filosofía argentina orientada a la construcción de un proyecto nacional y popular. Canalizamos esa construcción a través de la difusión de producción académica rigurosa y comprometida con ese ideal, y de la discusión colectiva (cuya evolución queda plasmada en cada uno de nuestros editoriales) sobre, entre otras cosas, los lineamientos de un Estado orgánico dirigido a la escucha, la articulación, la protección y la potenciación de las minorías que hacen posible la existencia de un pueblo. La tarea de construir ese pueblo insiste y persiste hoy en nosotres como la memoria de lo aún no realizado, del pasado trunco que sobrevive y reconfigura sus potencialidades de creación y desarrollo a pesar de (tal vez incluso, aunque duela, <italic>a partir de</italic>) las derrotas que las oleadas cíclicas del neoliberalismo acumulan en los pliegues de nuestra memoria reciente. Lo que no hay que olvidar es que, a pesar de esas derrotas, seguimos caminando en círculos que no se cierran, no se repiten ni se agotan. <italic>No nos han vencido</italic>.</p>
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